Altavoces de concierto en un Delta de 54 m, y la cubierta se convierte en la sala

Qué se ha instalado
El barco es un Delta Marine de 177 pies para 16 invitados, y el armador no se identifica. El trabajo de audio abarca la cubierta solárium, la cubierta del armador y la cubierta principal, además del beach club y del garaje de juguetes acuáticos. Montana Pro Audio prescribió componentes de L-Acoustics, es decir, equipo profesional de gira y de instalación fija. En la especificación de un yate lo habitual son las marcas de audio náutico. Es el segundo proyecto de la empresa para el mismo armador; el primero fue un barco de 114 pies.
Aaron Fisher, director de desarrollo de negocio de Montana Pro Audio, describió el encargo como productos discretos de nivel profesional que dieran una experiencia sonora de discoteca en todo el barco. La respuesta visible de ingeniería a la parte discreta del encargo está en el beach club, donde los altavoces quedan bajo la puerta del garaje y se elevan a su posición cuando esta se abre. Los puntos de conexión para un disc jockey están repartidos por las cubiertas, de modo que la música puede sonar en una zona o en varias a la vez.
Por qué el audio profesional aparece en los yates
L-Acoustics fabrica para salas de conciertos y equipos de gira, y Fisher señala que su material está pensado de fábrica para la humedad, el aire salino y el rociado, no como versión náutica. Eso elimina el motivo histórico por el que los yates usaban una clase de producto aparte. Y elimina también la excusa histórica sobre el sonido en una cubierta exterior grande, que solía ser malo porque los altavoces se elegían por el tamaño y no por la potencia.
La demanda que hay detrás es sencilla. Los armadores de grandes yates reciben cada vez más a bordo, y una cubierta solárium con cuarenta personas y música en directo necesita un sistema que se comporte como el de una sala. Una vez aceptado eso, uno acaba especificando amplificadores, recorridos de cable, potencia eléctrica y puntos estructurales de fijación, y esas decisiones corresponden a la fase de construcción o de refit.
El coste no son los altavoces
Un sistema así es una obra. Paso de cables por las zonas contra incendios, racks de amplificación que necesitan ventilación, consumo que hay que meter en el cálculo de la carga eléctrica y refuerzos allí donde una caja pesada cuelga de un techo. Montarlo en un barco terminado obliga a levantar revestimientos y falsos techos, y ahí es donde se va el dinero. No se ha hecho público ni el coste del yate ni el del sistema.
La secuencia empleada aquí es la sensata. Primero los exteriores, donde el problema acústico es más difícil y la molestia para el interior es menor, y después el salón, el comedor y la suite principal en una segunda fase el año que viene. Repartir el trabajo en dos varadas mantiene el barco utilizable y le da al armador la ocasión de escuchar la primera fase antes de comprometerse con la segunda. Ninguna de las dos fases tiene coste publicado, y el armador del barco no se identifica.
Qué preguntar antes de encargar uno
Tres preguntas deciden si un armador quedará contento con el resultado. De quién es el diseño acústico, que no es lo mismo que el suministro del equipo. Si el sistema lo puede manejar una azafata sin formación, porque la alternativa es un técnico audiovisual en nómina. Y cuánto ruido se transmite a los camarotes situados bajo la cubierta solárium, ya que un sistema con potencia suficiente para funcionar al aire libre se oirá en el alojamiento de invitados si no se trata la estructura de la cubierta.
Hay además un límite práctico que ningún equipo resuelve. Los puertos de Mónaco, Porto Cervo e Ibiza hacen cumplir los horarios de silencio, y un yate que se convierte en el motivo de una queja se gana una fama entre quienes reparten los amarres. La mayoría de los armadores le sacan partido a un sistema así fondeados, donde nadie hace cumplir un horario.